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viernes, 7 de noviembre de 2008

Las cosas mañana irán mejor

JOAQUÍN SABINA: CABALLO DE CARTÓN
Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal


El primer contacto que tuve con Joaquín Sabina fue a través del doble lp en directo Sabina y Viceversa, en el que el de Úbeda repasaba su primera etapa discográfica, en un repertorio compuesto por temas que para mí hoy son prácticamente himnos. Todavía rezumaban sus textos urbanismo melancólico y ese sentimiento tan springstiniano de odiar esa ciudad fuera de la que uno se encuentra perdido. Madrid, el infierno y el paraíso, como rezaba la famosa canción cuidadosamente modificada para el concierto: cuando la muerte venga a visitarme, no me despiertes, déjame dormir, aquí he vivido, aquí quiero quedarme. El disco sonó incesantemente en el coche de mi padre y él nunca le perdonó esa bajada de pantalones ante el público madrileño, cuando los versos originales decían que me lleven al sur donde nací, aquí no queda sitio para nadie.

El tiempo pasa y Sabina se va convirtiendo en un icono de algo, de un tiempo perdido, de una mentalidad de ciudad que se va apoderando de mi alma... Y como sucede con el cine americano, vas por Madrid y la mirada observadora se detiene en lugares mencionados en las canciones de Joaquín.

De aquella época, me quedo con una canción que me sigue estremeciendo, por su sencillez y porque afortunadamente él ha decidido no retomarla en sus multitudinarios directos, desvirtuando su significado como ha sucedido con Princesa y otras de la época. Caballo de cartón habla de la rutina que millones de seres anónimos seguimos a diario: suena el despertador, te arrastras a meterte cafeína en vena y esperas que el agua de la ducha te despeje un poco, refunfuñas en el tráfico de la mañana, saludas a los compañeros, mientras tus manos archivan tu mente empieza a navegar, aguantas las bromas de siempre, el café, la comida, cuentas las horas de la tarde, el último sprint para las siete... De nuevo a refunfuñar y cuando llegas a casa en el mejor de los casos tienes algo que hacer y te engañas pensando que no todo es trabajar, o igual no hay nada para matar la tarde, y cae la noche y te preparas para dormir eligiendo qué pensamientos acariciar para que llegue Morfeo. Un día menos. Y de nuevo al día siguiente, cada mañana bostezas, amenazas al despertador y te levantas gruñendo cuando todavía duerme el sol....

Caballo de cartón habla de la redención del amor, de cómo entre la rutina gris y áspera, entre despertadores, paradas de metro, bufandas para combatir el frío y ordenadores, surgen diminutos rayos de luz reflejados en risas con amigos, caricias, viernes por la tarde liberadores. Siempre llega el fin de semana y siempre hay una mirada reconfortante. Me podrán robar tus días, tus noches no.

Y sobre todo, en Caballo de cartón nos encontramos a un Sabina sobrio (estilísticamente), como corresponde a un trovador urbano, con esa voz peculiar (Dylan tampoco canta bien) que todavía no se había consumido. Tanto en estudio como en directo, la leyenda todavía no le precede y deja que las canciones se antepongan a su personalidad de estrella. Como debe ser. Sin alardes de popularidad, sin chistes que no tienen gracia y con el talento que le corresponde, mayor de lo que muchos opinan y menor de lo que él pretende en los últimos tiempos.

Por un viernes que, quién sabe, para algunos sabe a lunes.
Por una promesa por fin cumplida.
Por el lunes que queda lejos en el horizonte y por la memoria de días mejores en los que sonaba este disco en directo de fondo.

Feliz viernes. :)

Joaquín Sabina: Caballo de cartón (Sabina y Viceversa, 1986)



Joaquín Sabina: Caballo de cartón (Ruleta Rusa, 1984)

martes, 11 de diciembre de 2007

Corte y confección

JOAQUÍN SABINA: DE PURÍSIMA Y ORO



Hay quien dice que este TEMAZO de Sabina equivale a una clase de historia de España. Me sigue poniendo los pelos de punta aunque la he oído más de 300 veces.

Con ustedes, el Madrid de la posguerra. Dedicada a Manolete.


Y la Dumont sigue sin dar más de sí. :)

Joaquín Sabina: De purísima y oro
(19 días y 500 noches - 1999)




Academia de corte y confección,
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
“el género dentro por la calor”.

Para primores galerías Piquer,
para la inclusa niños con anginas,
para la tisis caldo de gallina,
para las extranjeras Luis Miguel.

Para el socio del limpia un carajillo,
para el estraperlista dos barreras,
para el Corpus retales amarillos
que aclaren el morao de las banderas.

Tercer año triunfal, con brillantina,
los señoritos cierran “Alazán”,
y, en un barquito, Miguel de Molina,
se embarca, caminito de ultramar.

Habían pasado ya los nacionales,
habían rapado a la “señá” Cibeles,
cautivo y desarmado
el vaho de los cristales.

A la hora de la zambra, en “Los Grabieles”,
por Ventas madrugaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Celia, de Pemán y del bayón.

Enseñando las garras de astracán,
reclinaba en la barra de “Chicote”,
la “bien pagá” derrite, con su escote,
la crema de la intelectualidad.

Permanén, con rodete Eva Perón,
“Parfait amour”, rebeca azul marino,
-”Maestro, le presento a Lupe Sino,
lo dejo en buenas manos, matador”-

Y, luego, el reservao en “Gitanillos”,
y, después, la paella de “Riscal”,
y, la tarde del manso de Saltillo,
un anillo y unas medias de cristal.

-”Niño, sube a la suite dos anisettes,
que, hoy, vamos a perder los alamares”-
de purísima y oro, Manolete,
cuadra al toro, en la plaza de Linares.

Habían pasado ya los nacionales,
habían rapado a la “señá” Cibeles,
volvían a sus cuidados
las personas formales.

A la hora de la conga, en los burdeles,
por san Blas descansaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Gilda y del Atleti de Aviación.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

El pobre diablo enamorado



Ya, ya sé, aquí se trata de hablar de canciones, que no es un blog de cine ni lo pretende, pero es que he estado pensando mucho estos días en una de mis películas preferidas, entre otras cosas porque tengo que preparar una mini-exposición y la he elegido como tema. Y me han venido muchas ideas a la cabeza, a las que no dejo de dar vueltas, me rebotan constantemente y lo hacen, cómo no, de la mano de canciones. Historias mínimas, al igual que la que se cuenta en El Apartamento, una historia cotidiana en una ciudad llena de seres anónimos. Por eso quiero hacer un experimento: primero la peli y luego las canciones.

Esta obra maestra de Billy Wilder es la historia de un hombre gris y pequeño, enamorado de una mujer gris y pequeña, en una ciudad, en una oficina, llena de seres igualmente anodinos. Ni siquiera su jefe se salva. Como bien nos explica Wilder a través de la voz en off genial al principio, Nueva York es una ciudad llena de cifras abrumadoras: 8.042.753 habitantes que, tumbados en el suelo en línea recta llegarían desde Times Square a las afueras de Karachi, en Pakistán; una oficina que cuenta con 31.259 empleados y genera al año 5.3 miles de millones de dólares en pólizas. Piso 19. Sección W. Mesa 861. J..., ¡sólo este principio ya me parece una genialidad absoluta, cerrando el objetivo hacia el ser que va a protagonizar la historia!

A lo que nos ocupa. Para empezar, diré que llamar "comedia" a esta película me parece una de las inexactitudes más flagrantes que se han cometido con eso de "etiquetar" los productos para que los correspondientes departamentos de marketing trabajen más cómodamente. A mí parece una de las historias más tristes que he visto. Una de las virtudes que se le suelen atribuir, es que no hay buenos ni malos, quizás por eso no es difícil identificarse con estos personajes tan entrañables, porque en la vida no hay mejores ni peores, todos somos perdedores y todos nos merecemos respeto y cariño. Al igual que el increíble Jack Lemmon, capaz de provocarnos rechazo y ternura a partes iguales. Y la frágil señorita Kubelik (Shirley MacLaine), que nos parece simpática y no es más que una tonta enamorada que aspira a vivir como una señora.

La historia es bien sencilla. Un tipo, contable raso, presta su apartamento a los jefecillos para que estos lleven allí a sus ligues; incluso se ve obligado a dormir en un parque, pero todo vale con tal de medrar en la empresa. Un día, un jefazo le pide la exclusiva de la llave, prometiéndole un super ascenso. Y resulta que la mujer que el jefazo, casado, quiere llevar allí no es otra que la encantadora ascensorista de quien el oficinista está perdidamente enamorado, aunque éste no lo sabe. Ya he contado bastante. La película está llena de guiños metafóricos: el oficinista quiere que le trasladen a pisos superiores, porque eso significa un ascenso; la ascensorista sube y baja todos los días, pero vive en territorio de nadie, con la esperanza de subir algún día al corazón del jefazo y quedarse allí; los de arriba quieren la llave del de abajo; el de abajo quiere la llave del cuarto de baño de arriba (lo que supone que tendrá un despacho arriba); la chica se enamora del cabrón adúltero en lugar de hacerlo del chico bueno (esa durísima frase, "Oh Dios mío, por qué no podré enamorarme de un hombre como usted. Qué loco y qué bueno es usted."); los adúlteros ponen los cuernos a sus mujeres, pero sólo en el apartamento del pobre diablo ("¿Traes a todas las chicas aquí? ¡No! ¿Por quién me tomas? Soy un respetable hombre casado..."); los vecinos del pobre diablo creen que es él el que lleva una vida de juerga continua; en fin, todo lo que gira en torno al apartamento de Lemmon se resume con la frase que éste pronuncia en la memorable noche de borrachera en el bar: "He dicho que no tengo familia, no que mi apartamento esté vacío."


En fin, El Apartamento es un cuento urbano sobre la soledad; la redención que da el amor (porque Wilder no es del todo pesimista); la ambición que tenemos todos por subir, a alguna parte; la vida y el anonimato en las grandes ciudades; la compañía que no aporta nada; la ceguera que a veces nos impide ver a las buenas personas y nos lleva a enamorarnos de quien no nos causa más que dolor.

Ya en términos más cinéfilos, El Apartamento es un guión pluscuamperfecto en el que nada falla, todo está medidísimo y sin embargo es de una sobriedad absoluta, contándonos lo justo y necesario y combinando magistralmente la ironía con el drama, para que a uno se le quede esa sonrisa amarga y tristona que sólo saben crear los grandes genios. Como la archiconocida escena del espejo en la que, sólo con un plano, Lemmon se entera de lo que todos ya sabemos acerca de su enamorada. Y ella pronuncia la frase más triste del cine cuando él le da su espejo de mano y le dice que está roto: "Ya lo sé, me gusta así. Así me veo tal y como me siento". Ahora recuerdo, y cobran sentido, las palabras de Fernando Trueba al recoger su Oscar por Belle Époque: "I don´t believe in God, I just believe in Billy Wilder".

****

Bien, vayamos a las canciones.

Es curioso, que algunos boleros tienen letras increíbles pero como resulta un género tan cansino (en mi humildísima opinión), no les prestas atención hasta que no los canta otra voz, con otro estilo, o quizás un día te paras a escuchar y piensas "¿y esto es lo que llevo oyendo tantos años?". Redescubrí esta canción este verano, en la voz de Calamaro y la escucho más o menos cada semana, siempre busco un hueco porque me emociona, no lo puedo evitar. Algo contigo es la canción del amigo enamorado, el que no puede soportar estar cerca de su amiga porque en realidad se muere por darle un beso y amarla. ¿Hoy lo llamarían "pagafantas"? Quizás, el caso es que este tipo de historias han existido siempre y seguirán sucediendo, todos hemos sido Buddy y en otros momentos la señorita Kubelik, porque las relaciones entre seres humanos son así, te enamoras de quien no debes, se confunden los sentimientos y a veces no sabes cómo aguantarte para no gritarle a la persona que tienes al lado que tú eres lo que está buscando (¿es que no te has dado cuenta de lo mucho que me cuesta ser tu amigo?). Igual que Buddy-Lemmon y la señorita Kubelik, condenados a subir y bajar pisos sin estar nunca juntos...

Algo contigo - Andrés Calamaro




Y ésta es una canción de la mejor etapa sabiniana, cuando Sabina se dedicaba a explorar las miserias que encierran las ciudades, a todas las horas del día, y no sólo cuando ladran los perros del amanecer. Ciudadano Cero es una historia que nos han contado miles de veces, incluso aventuraría sin equivocarme que está basada en un hecho real publicado en algún periódico. Es la historia del Don Nadie (un individuo de esos que se callan por no hacer ruido, perdedor asiduo de tantas batallas que gana el olvido) que un día decide cometer una matanza para que todo el mundo sepa de su existencia, harto de luchar contra el anonimato que le asfixia en la gran urbe, con un grito desesperado: ¡ahora sabrá España entera mis dos apellidos! Y lo mejor que tiene esta canción es que está contada con tono de novela negra y en forma de monólogo, el que pronuncia el dueño de la pensión donde se aloja el sujeto, interrogado por el comisario. Ni un taco, ni un chistecito fácil de los del Sabina de ahora, pura crónica urbana que te pone los pelos de punta, en tiempos en los que los oficinistas americanos salen de una reunión y la emprenden a tiros contra todo el departamento. Oficinistas que trabajan en el piso 19, sección W, mesa 861...

Ciudadano cero - Joaquín Sabina